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    Archivado en Chorradas, Humor, Viñetas por adehoces, 5 de Julio de 2008

    President Evil

    El paraíso en la colina

    Archivado en La columna por adehoces, 24 de Junio de 2008

    El tiempo pasa y algunas cosas se van para no volver. Procuro no pensar en ello, pero ayer no tuve más remedio. Sus padres han vendido la casa donde vivimos nuestro idilio.

    Hace catorce años de todo aquello. Era Junio, me faltaban siete u ocho días para cumplir los veinte. Estaba yo en casa preparando algunos exámenes de la carrera cuando me llamó la novia de un amigo; quería venir a imprimir un trabajo con una compañera de clase. Al par de horas sonó el timbre. Abrí la puerta y me quedé petrificado en el pasillo: una delicada criatura de ojos azules, piel dorada y con el pelo más rubio que había visto en mi vida esperaba en la entrada. Nos presentaron, intercambiamos un par de frases y su suave acento francés terminó de enamorarme. Pasé los días siguientes sin comer ni dormir, tan solo respirando su nombre y apretando los dientes para que no se me saliera el corazón por la boca.

    Vino al bar donde celebraba mi cumpleaños y fue el mejor regalo que pude haber recibido aquella noche. Pasamos horas charlando y bebiendo cervezas. La música estaba alta, así que nos hablábamos muy de cerca. A cada frase acortábamos un milímetro la distancia. Al final nuestras mejillas se rozaban y su aliento me acariciaba el oído poniéndome los vellos de punta. En un determinado momento la cogí de la mano para rescatarla de un tipo impresentable al que le sobraban cinco copas. Me dijo algo, hubo un beso apenas perceptible y cogidos de la mano nos escapamos de aquel bar y del mundo.

    Volví a casa al amanecer, me metí en la cama y dormí sin ropa ni sábanas, agarrado a un pedazo de papel con su nombre y su teléfono, flotando en su olor y arropado por los besos que aún me hormigueaban por la piel. Reviví una y otra vez la noche en mis sueños; no podría haber soñado nada mejor. Desperté al mediodía, me senté junto al teléfono y conté los segundos hasta que dieron las cinco. La llamé, quedamos para cenar, y ya no nos separamos en todo el verano. Su casa, mi casa, los bares, la playa, el campo… Las noches que no dormíamos juntos acordábamos la hora de ir a la cama y hablábamos por teléfono hasta que nos vencía el sueño.

    Sus padres casi siempre pasaban fuera el fin de semana y yo me quedaba en su casa. Era una villa inmensa escondida entre los árboles sobre una colina en la costa. Solíamos pasar la tarde charlando en la piscina, y en el mundo para mí no había más que sol y agua y sus ojos azules. Iba cayendo la noche y nos quedábamos abrazados sobre el césped, enroscados en una toalla, hasta que no podíamos aguantar el frío; entonces volvíamos dentro y pasábamos una hora en la bañera. Luego cenábamos en la terraza tan sólo iluminados por unas velas y la ondulante luz de la piscina. Bebíamos vino tinto y hablábamos bajito para no perturbar el murmullo del campo. Casi siempre la última copa de vino la tomábamos sobre la mullida alfombra del salón, escuchando música suave. A ritmo de blues y jazz nos desnudábamos lentamente, nos besábamos, nos mordíamos y nos lamíamos, y ella siempre sabía a mar y a sales de baño, y yo siempre me ponía a temblar justo antes de agarrarla por la cintura y meterme muy suavemente entre sus piernas.

    Más tarde bajábamos al dormitorio por la estrecha escalera de ladrillos rojos. Dejábamos abierta una ventana por donde se colaba la pálida luz de la noche y nos metíamos bajo las sábanas a conversar en susurros. Nos acariciábamos y sentíamos esa fina capa de sol que en verano se mete bajo la piel. Enseguida caíamos en un placentero sopor que daba paso a un profundo sueño. Yo solía despertarme de madrugada, y me gustaba asomarme a la ventana a respirar la brisa y escuchar el monótono canto de los grillos, esos pequeños músicos nocturnos que parecen querer salpicar de estrellas el silencio. A veces a ella la despertaba mi ausencia y venía a abrazarme a la ventana; fumábamos un cigarro a medias y volvíamos a la cama.

    Saboreé cada segundo de aquel verano, pues ella era estudiante de intercambio y al llegar el nuevo curso tendría que volver a Bélgica. En poco más de dos meses viví el amor de toda una vida; a veces conseguía olvidar que nuestro idilio tenía los días contados y era el chaval más feliz del mundo. Pero acabaron llegando las despedidas, las lágrimas, la distancia, las cartas que cada vez se hacían esperar más, y al final la ruptura, el dolor y el intenso vacío, el sinsentido, el no encontrar razones para levantarse de la cama.

    La vida siguió su curso. No supe nada de ella durante muchísimo tiempo. Supuse que alguna vez volvería de vacaciones a la villa de sus padres, pero nunca me atreví a marcar de nuevo aquel número de teléfono que me sabía de memoria. Alguna vez oí su nombre de labios de algún amigo común, y sólo pude guardar silencio y apretar los puños para aguantar el dolor. Su recuerdo era un cuchillo incandescente en mis entrañas. Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarla. Nunca lo conseguí.

    Pasaron ocho largos años en los que todo cambió mucho a mi alrededor. La vida se me llevó algunos amigos y me trajo un montón de responsabilidades y de facturas. Cambió el mundo y cambié yo sin darme cuenta. Y un buen día, el viento me trajo una dirección de correo electrónico con nombre francés. Me lo pensé mucho, y al final le escribí. Apenas tres líneas escuetas. Respondió esa misma tarde, tan encantadora y dulce como siempre. Pronto vendría de vacaciones; quedamos en vernos.

    Cuando llegó el momento estuve a punto de cambiar de idea, pero decidí que iría a visitarla a la casa de la colina. Aquello me costó un disgusto con mi novia de entonces.

    Nos vimos en la estación de tren. El corazón me dio un vuelco; me pareció que ella no había cambiado nada. Nos fundimos en un abrazo que acabó en hondo suspiro y de camino a su casa nos fuimos poniendo al día. No podíamos dejar de sonreír. Paseamos a la sombra de los pinos y llegamos a la villa; cruzamos la verja y cuando ella abrió la puerta principal, el olor tan característico de aquella casa abrió de par en par las puertas de mi memoria. La madera de los muebles, el ladrillo rojo siempre húmedo del agua de la piscina, el césped mojado, el cloro, las flores del jardín, los pinos lejanos, el tabaco, el ambientador verde, la colección de caracolas… aquella mezcla de aromas me hizo volver a sentirme como el chaval con pelo largo y piercings que un día fui, un chaval alegre y despreocupado que iba por la vida con una ceja levantada, un paquete de Fortuna y una edición de bolsillo del Así Habló Zaratustra.

    Me alegré muchísimo de ver a sus padres; estaban estupendamente. Comimos juntos y charlamos largo y tendido. Cuando me quise dar cuenta volvía a tener veinte años y me había vuelto a enamorar de la vida y de esa criatura dulce de ojos azules y piel dorada que hablaba con suave acento francés. Llegó la noche y bebimos vino, y en un momento ella me cogió la mano y dijo “es como si no hubiera pasado el tiempo”, y yo asentí sin poder decir nada porque tenía un nudo en la garganta.

    En ese momento me di cuenta de cuánto significaba para mí aquel lugar. Todo podía cambiar al paso de los años, pero yo sabía que había un paraíso escondido entre los pinos con un jardín donde cantaban los grillos y un dormitorio donde las noches duraban siempre. Volver a aquella casa era volver a aquel verano en que viví toda una vida, a aquel universo perfecto que giraba alrededor de dos chiquillos enamorados.

    Ayer me enteré de que la casa se ha vendido. Me parte el alma imaginar la mudanza: unos señores anónimos con mono azul que se llevan las mesas, las sillas, las caracolas, la alfombra donde tantas veces caí exhausto; las habitaciones que se quedan vacías, muertas, sin ese olor capaz de transportarme en el tiempo. Ya nunca volveré a ver caer la noche sobre el jardín, ni a bajar al dormitorio por las escaleras de ladrillo rojo. Ya no queda nada de mi vida detrás de la puerta.

    La vida sigue, y el tiempo borra las huellas que dejamos en la arena. Con esa casa se me va un mundo entero que ya no existe más que a jirones en mi memoria. Y lo peor es que, por más que lo intento, no consigo recordar aquel número de teléfono que tantas veces marqué antes de irme a la cama.

    Corto Todoposes

    Archivado en Noticias por adehoces, 13 de Junio de 2008

    Unos estudiantes de cine muy simpáticos han realizado una adaptación libre en cortometraje de mi relato Todoposes, para la asignatura Realización Audiovisual I del primer curso de Licenciatura en Cine y Televisión (UNC Argentina).

    El corto está escrito y dirigido por Pedro J. Aramburu, y protagonizado por él mismo y Federico Guzmán, Maximiliano García, Nicolás Saez, Franco B. y Daniela Fumar. Va un fuerte abrazo para ellos.




    Qué cachondos, los jodíos…

    Tren a la estación perdida

    Archivado en La columna por adehoces, 26 de Mayo de 2008

    Al fin he terminado el primer capítulo de mi segunda novela. La voy a ir publicando en un blog aparte:

    http://www.alfredodehoces.com/estacionperdida/

    La estructura está más que definida de principio a fin, pero no descarto cambiar cosas en función de vuestros comentarios y sugerencias. Quizás profundizar más en ciertos temas, eliminar o añadir capítulos… Más o menos como sucedió con “Fuckowski, memorias de un ingeniero”.

    Tren a la estación perdida condensa en cuatro actos (otoño, invierno, primavera y verano) la odisea del emigrante que lo deja todo en busca de nuevos horizontes. El tono es similar a Fuckowski: humor y lírica a partes iguales. La diferencia fundamental es que esta novela está concebida como un todo y no como relatos independientes.

    Espero que os guste. Saludos cordiales,

    Alfredo

    El fin de la violencia

    Archivado en Relatos breves por adehoces, 15 de Mayo de 2008

    “Vamos a erradicar de una vez por todas la violencia de la sociedad”, afirmaron categóricamente cuando llegaron al poder. Se creó un ministerio formado por prestigiosos sociólogos, estadistas, empresarios y psicólogos, capitaneados por el ministro de la no violencia. Enseguida se pusieron manos a la obra.

    Observaron que había una estrecha relación entre la violencia y el consumo de alcohol. Así que, consecuentemente, el alcohol se ilegalizó. “Es un sacrificio que la sociedad debe realizar: el alcohol está estrechamente vinculado a la violencia”, dijeron. El ministerio se congratuló de haber resuelto el problema la violencia y el alcohol. El índice general de violencia apenas disminuyó un 2%, pero este dato no salió en la prensa.

    Siguieron investigando y repararon en que muchos casos de violencia se daban durante o justo despues de los partidos de liga. Consecuentemente, se prohibió el fútbol. Algunas voces disidentes insinuaron que quizás estuviesen pagando justos por pecadores. “Es un sacrificio necesario: existe un estrecho vínculo entre fútbol y violencia”, replicaron. La medida fue un gran éxito: una vez hubo desaparecido el fútbol, desapareció por completo la violencia en el fútbol. El ministro se duplicó el salario.

    Pero se siguieron dando muchos casos de violencia. Se comprobó que un 75% de las personas implicadas en actos violentos tenían por costumbre ver películas de acción y jugar a videojuegos de lucha. Consecuentemente, se ilegalizaron cine y videojuegos. Hubo quien dijo que quizás se estaba incurriendo en una falacia del recíproco: a lo mejor las personas violentas tenían preferencia por la violencia en el cine o en los videojuegos. “Es un perjuicio necesario, ampliamente compensado por un bien mayor”, repondieron. Afortunadamente para la sociedad, no se volvieron a dar casos de violencia inducida por videojuegos o películas. Los presupuestos del ministerio de la no violencia se incrementaron en un 175%.

    Por alguna oscura razón, las personas seguían agrediéndose unas a otras. Se investigó, y se observó que en casi la totalidad de los casos exisitía una discusión previa a la violencia. En consecuencia, discutir se ilegalizó. “Es un pequeño sacrificio necesario para los individuos y un gran paso para la sociedad”, se dijo.

    Así que la gente trabajaba y callaba y se iba a casa, y nunca discutía, ni bebía, ni iba al cine ni al fútbol ni jugaba a videojuegos. Se sentaban en la cama y miraban al techo hasta que volvía a sonar el despertador. Pero por algún motivo, dia sí día también alguien se levantaba de su silla de oficina y sin decir nada la emprendía a golpes con un compañero. A veces dos conductores se cruzaban la mirada en un semáforo y acto seguido salían de sus coches y sin mediar palabra se rompían todos los dientes a puñetazos. Hubo un caso de un kioskero que le rompió en la cabeza a un cliente una botella de agua mineral.

    Estos casos aislados de violencia (apenas ya un escaso 97% de los existentes antes de implantarse las exitosas medidas) fueron investigados a fondo por el equipo de expertos del ministerio. Después de entrevistar a los detenidos, los psicólogos hallaron que la práctica totalidad de los implicados en casos de violencia eran profundamente infelices. Odiaban sus vidas, sus esclavizantes trabajos, sus míseros salarios, la permanente congestión del tráfico en la ciudad, los elevados intereses de sus hipotecas, la inflación, la amenaza del desempleo, la contaminación, las largas listas de espera de la seguridad social. Esto les sumía en un estado de permanente frustración que a veces se manifestaba de forma violenta. Además, muchos de ellos pensaban que el gobierno no lo estaba haciendo bien.

    Los psicólogos concluyeron que había que erradicar la infelicidad. Consecuentemente, la infelicidad fue ilegalizada, al estar estrechamente relacionada con la violencia. Ser infeliz pasó a ser un delito, y se consideró agravante el estar en desacuerdo con el gobierno, “pues cuando se dan ambos factores simultáneamente, la violencia está garantizada”. Para cuando la policía hubo terminado la primera redada, el 42% de la población había sido encarcelada acusada de infelicidad. Algunas voces disidentes pensaron que esto era una medida injusta, pues no todos los infelices eran necesariamente violentos. Estas personas fueron también encarceladas, acusadas de infelicidad con el agravante de estar en desacuerdo con el gobierno.

    Los costes del encarcelamiento de casi la mitad de la población se sufragaron subiendo los impuestos a la otra media. Esta medida hizo infelices a algunas personas, que fueron encarceladas para evitar nuevos brotes de violencia. El resto fueron felices y comieron perdices.