Vicisitudes de un emigrante en clave de ficción autobiográfica · Una novela online por Alfredo de Hoces
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    • La narración comienza en septiembre de 2003. Las puntocom daban sus últimos coletazos y se producían cierres y despidos masivos, el gobierno se pasaba por el forro el clamor popular y nos hacía partícipes de la invasión de Irak, la burbuja inmobiliaria seguía creciendo y la gente vivía alegremente invirtiendo en sellos.
    • Advertencia: La narración es ficción autobiográfica. Las opiniones del protagonista no tienen por qué coincidir exactamente con mis opiniones actuales.
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  • Carta de despedida de un españolito mileurista

    Capítulos · Por adehoces, 14 de Julio de 2008

    Queridos amigos,

    He estado dándole vueltas al asunto mucho tiempo y al final he tomado una decisión. Me piro. Me largo. Hasta luego Lucas. Esta misma mañana he comprado un billete de avión, sólo ida. Me voy a Dublín; el próximo lunes a estas horas oficialmente ya no viviré aquí. Dudo que os sorprenda la noticia; creo que todos vosotros habéis sufrido alguna de mis disertaciones nocturnas bañadas en gintonic. Si eres el afortunado o afortunada al que aún no he cogido por banda un viernes noche en el O’Donell y le he contado mis penas, lo siento pero tu suerte acaba de abandonarte.

    Esto no era lo que nos habían prometido. Algo ha fallado. Somos demasiado jóvenes como para mirar al pasado con nostalgia y al futuro con resignación. ¡Joder, que apenas tenemos treinta años! La vida tendría que empezar ahora. Lo siento, me niego a pasar una noche más ahogando mis sueños en alcohol. Aún estoy a tiempo de hacer algo.

    Es curioso, desde que he comprado el billete no dejan de asaltarme los recuerdos. Hace un rato me ha venido a la memoria una noche en que nos reunimos Javi, Ramón y yo a estudiar para un examen de cálculo. Por un momento he vuelto a aquella habitación destartalada del piso de Javi donde tantas horas pasamos. Era tarde; estábamos a oscuras a excepción de la pequeña lámpara en el centro de la mesa redonda empapelada de apuntes. Recuerdo que llovía a mares; teníamos la ventana entreabierta y el olor a tierra mojada se mezclaba con el humo de los cigarrillos y el aroma del café recién hecho. Debían de ser como las cinco de la mañana cuando nos quedamos sin tabaco. No teníamos ni un duro, así que nos dedicamos a poner la casa patas arriba en busca de dinero. Miramos en todos los cajones, bajo los muebles, dentro de los jarrones, en los bolsillos de la ropa sucia, incluso entre los almohadones del sofá. Al final nos hicimos con un buen puñado de moneditas mugrientas y salimos en peregrinación a la gasolinera, que estaba en la quinta puñeta. No teníamos paraguas. Las calles estaban vacías, pero de alguna forma parecían llenas de vida. Todo tenía significado: la lluvia, la luz de una farola, un jardín, un árbol, un viejo portón de madera… El mundo estaba pintado con una paleta de sensaciones. Llegamos a la gasolinera y, entre risas, fuimos metiendo las monedas en la máquina de tabaco. Nos llegó justo para un paquete del más barato. Fuimos a guarecernos a un portal cercano, sacamos un cigarro cada uno y fumamos despacio. El humo formaba extrañas figuras que se perdían en la lluvia. Yo las seguía con la mirada y las imaginaba colándose por la ventana en la habitación de alguna chiquilla guapa y romántica que no podía dormir y que se pasaba las horas mirando al techo imaginándome a mí. Durante un instante nuestros alientos estarían unidos por finas hebras de humo. Lo pensaba y se me aceleraba el pulso. Todo parecía tan posible, tan a nuestro alcance… Éramos tres chavales que no tenían ni donde caerse muertos, fumando el peor tabaco del mundo en una calle desierta la noche antes de un examen que íbamos a suspender, pero amábamos la vida. Nuestros corazones bombeaban sueños que nos corrían por las venas y nos hacían cosquillas en el estómago. Teníamos futuro, motivación, aspiraciones, posibilidades. Éramos libres y todo estaba por ver.

    Luego llegó la hora de la verdad, o más bien de las mentiras. Tanto esfuerzo, tantas noches sin dormir, tantos años esperando a que empezase la vida, y de pronto miro atrás y descubro que aquello fue más vida que esto. ¿Cuándo ha sido la última vez que habéis sentido cosquillas en el estómago? Ahora todo está demasiado lejos y siempre es demasiado tarde. Ahorramos energías, ahorramos tiempo, ahorramos dinero. No nos sobra ninguna de las tres cosas. Algún día, nos decimos. Pronto. Este año no va a poder ser, pero el que viene mejorarán las cosas. Llegará el ascenso, el aumento de sueldo. Bajarán los tipos de interés y al fin podremos relajarnos, dormir a pierna suelta, dejar de hacer horas extras. Ver un poco de mundo. Llevamos toda la puta vida sacrificándonos por un futuro que nunca llega. El mañana es la zanahoria que el sistema nos pone delante para que sigamos tirando del carro. Mientras, nuestros sueños se marchitan y el pelo se nos cubre de canas. Esa llama interior que calentaba las noches de invierno e iluminaba las calles desiertas ha acabado por apagarse. Ya no nos queda nada.

    No, España no va bien, por mucho que nos lo repitan. Vivimos una triste farsa que día a día nos esforzamos en creer. Intentamos convencernos de que hemos conseguido todo aquello que el sistema nos prometió a cambio de nuestros años de sacrificio: un trabajo bien remunerado, una vivienda digna, tiempo libre, seguridad social, libertad de expresión, libertad de elección. Pero apenas nos dan unas migajas, a todas luces insuficientes. Y lo triste del asunto es que se nos induce a pensar que la culpa es nuestra. Esos señores de pétrea sonrisa que salen por la tele nos han hecho creer que todo está al alcance de la mano, que aquí de verdad hay oportunidades para todos. Deberíamos sentirnos ultrajados pero nos sentimos fracasados. Quizás sea por eso que la gente finge ser feliz. Se avergüenzan de sí mismos, piensan que son los únicos que fuerzan las sonrisas. Creen que todos los demás son verdaderos triunfadores y que ellos son los únicos que piden créditos al banco para comprar un coche que no necesitan con un dinero que no van a poder devolver, sólo para que nadie piense que han fracasado. Desde luego que la presión es mucha; cada día recibimos de media unos 300 impactos publicitarios, todos con el mismo mensaje: aún no tienes suficiente, aún no eres suficiente. El modelo de hombre que se nos impone es una especie de James Bond de físico perfecto que viste a la ultimísima moda, se mueve en coches de lujo y define su identidad a través del consumo. Un patriota siempre al servicio de su majestad que jamás cuestiona a sus superiores. A mí esto me parece la definición del perfecto gilipollas, pero resulta que en las películas las tipas se desmayan a su paso. Así que todos quieren parecerse al él. A la mujer se la invita a reivindicar con orgullo su derecho a parecerse cada vez más a Don Perfecto Gilipollas. Eso es igualdad, sí señor. ¿De verdad que pasamos diez horas en la oficina, dos en el coche, tres en el gimnasio, una en el estilista y otra en la tienda de ropa, sólo para poder entrar a un local de moda con nuestro bronceado de rayos uva, una camisa de seda, una cadena de oro, las cejas depiladas, los dientes blanqueados, las uñas sin cutículas y una dosis esnifable de autoconfianza, a pedir un Martini seco con vodka (removido, no agitado)? ¿Qué pasa entonces, alcanzamos la inmortalidad, la trascendencia, el nirvana? ¿Se solucionan por arte de magia todos los problemas del mundo? ¿El espíritu de Nietzsche nos reconoce como el superhombre? Me pregunto si somos víctimas de la propaganda o si es que simple y llanamente somos imbéciles.

    España va bien. Sí, hombre, sí. España lo que se va es a tomar por culo y yo no tengo intención de hundirme con el barco. Nos hemos lanzado de cabeza a la piscina capitalista y mientras contemplamos maravillados nuestro bonito reflejo sobre el agua, las pirañas neoconservadoras nos devoran los cojones. Y parece que nos da igual; sólo nos importa la estética. Yo puedo llegar a entender la necesidad de estética cuando todo lo demás ya se ha alcanzado en la sociedad: una vez construida la casa de nuestros sueños, el siguiente paso es la decoración de interiores, la cerámica, el macramé, todo eso. Pero lo nuestro es de locos. Aún tenemos una casucha a medio hacer que ha costado sangre construir, y estamos vendiendo los cimientos para colgar un puto cuadro hortera de Andy Warhol. Al final se derrumbará todo el tinglado y millones de snobs quedarán sepultados bajo los escombros con sus camisas de seda y sus cadenas de oro y sus Martinis secos removidos, no agitados.

    Ya sé lo que estaréis pensando algunos. Lo de siempre: que me caliento mucho el tarro, que un día me va a dar algo, que así no se puede vivir, que lo importante son las pequeñas cosas de la vida. Que esto es lo que hay. Lo comprendo, pero a mí por el momento las pequeñas cosas de la vida se me pegan al alma como una merluza al cristal de una ventana. Creo que he perdido la capacidad de sentir, y esto es una aberración. No, esto no es lo que hay. No quiero dejarme convencer. No me malinterpretéis; no es que el mundo se me haya quedado pequeño. No soy más guapo ni más listo ni me merezco más que nadie. No busco la gloria ni la fortuna ni ando persiguiendo paraísos utópicos. Sólo quiero salir al mundo, ver las cosas en perspectiva y, si es posible, recuperar el amor por la vida.

    Así que, amigos, hasta aquí hemos llegado. Es jueves, son las dos de la mañana, está diluviando, y yo no tengo más que algo de dinero suelto y un billete de avión. Cuando os envíe estas palabras bajaré a la calle a fumarme un cigarro bajo la lluvia. El domingo saldré volando a perseguir el humo. Sé que en alguna parte hay una chiquilla guapa y romántica que piensa en mí, y ya la he hecho esperar demasiado.

    Un fuerte abrazo de vuestro amigo.

    Alfredo de Hoces, Tren a la estación perdida (ilustración de Marta Altieri)

    Prólogo · La insoportable levedad del pladur

    Capítulos · Por adehoces, 25 de Mayo de 2008

    1

    La noche anterior había vuelto a tener ese sueño tranquilo, templado y silencioso que a veces tenía la suerte de soñar. Atardece sobre el mar. Estamos sentados a la orilla, solos ella y yo. No decimos nada, no hace falta. Nos embarga una perfecta mezcla de sensaciones: plenitud, complicidad, realización, aceptación, trascendencia. A nuestro alrededor todo fluye pero nada cambia; tenemos la sensación de estar en el principio y el fin de una gran historia. Sabemos que cada instante pasado de nuestras vidas ha sido un peldaño insustituible de la escalera que nos ha traído a este momento; como peldaños insustituibles son todos nuestros instantes futuros. De alguna forma contemplamos el tiempo desde fuera, y todos los instantes pasados y futuros convergen en el ahora, en nosotros, en nuestras manos que se acarician. Todo es ahora y siempre, me despierto pensando, pero todo se disipa y me quedo a solas con el aire frío de mi habitación, encerrado en el presente. La dulzura se desvanece y sólo queda el amargo regusto de la nada.

    Hacía ya mucho que el amor no llamaba a mi puerta y empezaba a pensar que quizás mi memoria me estuviese engañando. Recordaba haber sentido el amor casi como en mi sueño, pero lo que veía a mi alrededor no tenía nada que ver. En lugar de mutua devoción era una especie de narcisismo a dúo; en lugar de ser la cima conquistada del mundo era una madriguera donde la gente se escondía de sus propios fracasos. Por eso no me gustaban las bodas; casi todas me parecían una triste parodia. Hay más que esto, sostenía yo. Pensaba que cuando le ganase el pulso al destino y encontrase mi lugar en el mundo me hallaría de verdad en disposición de amar y ser amado. Aunque empezaba a considerar que quizás estuviese desperdiciando mi vida persiguiendo un delirio soñado.

    Pero allí estaba yo, en otra boda. Era Septiembre; se había casado el primo de Ramón. No recordaba como se llamaba el tipo aquel, y eso que acababa de leer su nombre en la tarta. Y no era yo el único; todos los del grupo de amigos nos referíamos a él como “el primo de Ramón”. Creo que ni siquiera Ramón sabía cómo cojones se llamaba su primo. Total, la única vez que había destacado por algo había sido cuando se sacó el diploma de catador de vinos. Después de aquello, cada vez que íbamos de copas él se pedía un tinto y nos soltaba un rollo interminable sobre el sabor untuoso con notas de madera y el retrogusto afrutado. Era un coñazo, pero no dejaba de tener su gracia oírlo relatar las virtudes de un tintorro barato. Un par de meses después se le pasó la fiebre y volvió a ser ese cretino feote y alopécico del que solo se sabía que trabajaba poniendo pladur. No se volvió a hablar de él hasta que nos enteramos de que se había echado de novia a la Maite.

    Nos habíamos quedado todos a cuadros. Maite era la tía buena oficial del grupo. Tetona, de labios carnosos, más bien ligera de cascos, y de pensamiento también ligero, por así decirlo. Las preguntas más profundas que se había planteado en su vida habían sido del tipo “¿este fin de semana me voy a esquiar de gratis con el dueño de la disco de anoche, a tomar el sol en el barco de mi profesor de tenis (que no me cobra las clases), o me quedo en casa fumando hachís del que me regala mi amigo el camello?”. Nunca me la hubiera imaginado pasando por la vicaría. Pero claro, ya todos sobrepasábamos la treintena; para el dueño de la disco y el monitor de tenis, Maite se hallaba ahora en el último puesto de una larga lista encabezada por veinteañeras fascinadas por el esnobismo. El camello nunca había sido una opción, así que finalmente la responsabilidad de mantener la paz espiritual de Maite había recaído sobre el rey del pladur.

    Aquella lluviosa tarde de domingo en que Maite y el primo de Ramón aparecieron de la mano en el pub donde solíamos combatir las resacas a base de café irlandés, al primo le había cambiado la mirada para siempre. Había dejado de ser esquiva y dubitativa para convertirse en una mirada que casi podría pasar por la de una persona segura de sí misma, de no ser porque la autoestima no florece de la noche a la mañana, y menos en un cretino que encuentra notas de madera en un vino de tetrabrik. Pero, por algún motivo, el primo aquella tarde empezó a tratarnos con cierta condescendencia y a mirarnos por encima del hombro, como si él tuviese algo que nosotros nunca podríamos alcanzar. Debía de ser el diploma de catador de vinos, porque a Maite ya nos la habíamos tirado todos. Y, a juzgar por el cruce de miradas durante la boda, algunos se la iban a seguir tirando.

    2

    Yo era, como casi siempre, el único de la mesa que no llevaba acompañante (mi última relación había durado 4 meses y había empezado a terminarse la segunda semana). Estaba sentado con otras dos parejas, Marcos y Marta con sus dos críos ya creciditos, y Luis y Diana. No es que fueran mis íntimos (de hecho, con el paso del tiempo, los pocos del grupo que alguna vez lo habían sido, habían dejado de serlo), pero los conocía lo suficiente como para saber que la única manera de tener la fiesta en paz era morderme la lengua. Ah, qué jodida puede llegar a ser la gente con su puta manía de asumir no sólo que todos somos exactamente iguales, sino que tenemos que serlo y que si no es que algo anda mal. Esta presunción de igualdad convertía para mí todo acto social en una tortura. Me agotaba tener que fingir ser exactamente igual al resto para evitar ofender a alguien.

    A veces estás tan tranquilo en un bar mirando a tu alrededor, disfrutando de la atmósfera, de la música, y de pronto alguien te suelta un “bueno, ¿y tú quién quieres que gane?”. Así, de sopetón. Y no sabes si se refieren a un combate de boxeo o a las elecciones autonómicas. Si preguntas se asombrarán de que no estés perfectamente al tanto del partido Albacete - Celta de Vigo del domingo por la tarde y notarás en sus caras cómo empiezan a considerarte un tipo raro. Si indicas que no te interesa el fútbol se creará un incómodo silencio, y si aclaras que no te va el pan y circo y que, aunque te parezca muy loable seguir la liga, el Tour de Francia, Friends o Crónicas Marcianas, personalmente no te estimula ni lo más mínimo y que prefieres emplear tu tiempo libre en algo un poco menos alienante, conseguirás que tu interlocutor se sienta ofendido, así que tienes que improvisar algo para salir del paso. Mi frase favorita era “yo lo que quiero es que pierda tu equipo”. Con eso y una sonrisa forzada salías del paso bastante bien. Normalmente te soltaban un algo parecido a “anda ya, ¿cómo vais a ganarnos con Perenganítez de centrocampista?”, y ahí quedaba la cosa. Asumían que eras como ellos y además un poco graciosito. Pero cuando no era el fútbol era Operación Triunfo, Gran Hermano, algún grupo pop horrendo, alguna estupidez de política bipartidista o vete a saber, y si no querías crear situaciones incómodas tenías que comprender perfectamente a la persona media y hacer encajes de bolillo para parecer una de ellas sin traicionarte demasiado a ti mismo. Muchas noches al llegar a casa me dolían las entrañas de tanto forzar sonrisas. Estaba harto; harto de fingir, harto de no comunicarme de verdad con nadie, harto de zigzaguear entre las presunciones de los demás.

    Así que callaba y bebía y disfrutaba del silencio. Me gustaba el silencio; no entendía por qué la gente no podía soportarlo. El silencio es puro, el silencio no se puede fingir. El silencio es respeto; una buena melodía no aspira más que a dar ligeras pinceladas al silencio, a jugar con él sin nunca perturbarlo. En silencio fluye el amor verdadero.

    -Bueno, ¿y tú para cuándo? –me preguntó Marta, señalando a los muñequitos de la tarta nupcial.

    Si ya resultaba incómodo hablar de fútbol, debatir acerca del matrimonio era poco menos que un tabú. Yo no entendía el matrimonio sino como mera formalización legal del compromiso que se adquiere cuando se ama, y me resultaba triste que se hubiese desvirtuado hasta llegar a convertirse en un accesorio más de ese escaparate del éxito social al que parecían consagrar sus vidas casi todas las personas. Eso era lo que veía a mi alrededor: puro exhibicionismo. “Mirad qué feliz soy”, parecía querer decir la sonrisa de Maite. “¿Veis como yo también era capaz?”, insinuaba la mirada del primo de Ramón. Daban más importancia al símbolo que a lo que se simbolizaba. Yo no lo entendía. Todas y cada una de las parejas allí reunidas afirmaban haber encontrado el amor verdadero. A mi me parecía mucha casualidad que a todos se les hubiera concedido el milagro en el mismo año. Casi todos nos conocíamos desde los 15 o 16 años y, excepto yo, todos habían pasado por las mismas etapas en las mismas fechas. La moto, el curro, el coche, la novia formal, el piso, la boda. Tanta era la presión grupal que Maite había tenido que apalancarse con el rey del pladur para no ser menos. Y lo llamaban amor, hay que joderse.

    -Ya me tocará, Marta, no tengo prisa…

    -Pues en pareja es como mejor está uno–sentenció Marcos, el marido de Marta.

    Pensé en contestar que el mero hecho de considerar vivir en pareja “para estar mejor” me parecía un planteamiento egoísta diametralmente opuesto a mi concepto del amor. Que en pareja no “está uno”, están dos. Que tener pareja no era sólo un peldaño más de la escalera del hedonismo. Pero ahogué las palabras en un largo trago de vino blanco. Todo el mundo bebía para desinhibirse y yo bebía para inhibirme por completo.

    Hacía escasamente dos horas, al saludar a Marta, había yo reparado en su perfume. “Vaya, qué bien hueles”, le había dicho, y ella había callado unos instantes para finalmente responder un “gracias… a mí ya nunca me dicen esas cosas” con la mirada teñida de frustración.

    -Ya me llegará el momento -respondí sin ganas. Empezaban a dolerme las entrañas otra vez.

    -Tú lo que tienes que hacer es buscarte una novia o no te va a llegar el momento nunca –intervino Diana.

    Me tocaba mucho las narices que todo el mundo se sintiese con derecho a mostrarme el camino; ese camino común que ninguno de ellos se había atrevido jamás a cuestionar.

    -A ver si vas a ser gay –dijo el primo a mis espaldas. Sonreía maliciosamente y sostenía entre sus manos una caja de puros.

    Mi cerebro se convirtió de pronto en un cóctel molotov de recuerdos y argumentos. Pensé en la homofobia intrínseca a su comentario. Recordé cómo cada vez que, en nuestras salidas de los últimos años, yo había entablado contacto con el sexo opuesto (lo cual había sucedido no pocas veces), el primo había permanecido a la sombra de la barra con la mirada fija en la pantalla más cercana. Recordé la vez que incluso llegó a preguntarme cuál era mi secreto. Supuse que el primo, en lugar de aceptar humildemente el lugar en el mundo que le había correspondido y que nunca había hecho nada por cambiar, había esperado pacientemente a que alguna vez cambiase el viento para poder señalar al alguien con el dedo y proyectar hacia fuera todo el odio que sentía hacia sí mismo. Todos los idiotas de la historia del mundo eran en realidad el primo de Ramón: un desgraciado cargado de frustración y resentimiento que tenía que negar a alguien para afirmarse él; que daba sentido a su vida haciendo de su defecto una virtud y siguiendo algún conjunto de normas estúpidas para poder proyectar su odio a todos aquellos que decidían libremente no seguir esas mismas normas. Pensé en todos aquellos que ladran y señalan con el dedo; pensé en la Inquisición, en el Ku Klux Klan, en las SS, en los talibanes. Pensé en todos los orgullosos soldaditos del ejército de la estupidez que han desfilado por la historia enarbolando la bandera de la exclusión: yo no soy rojo, yo no soy negro, yo no soy judío, yo no soy infiel, yo no soy pecador, yo no soy moro, yo no soy zurdo, yo no soy gitano, yo no soy maricón. La humanidad. Una guerra de seis mil millones de gilipollas armados con la ley del embudo.

    Pero no dije nada. Bebí otro trago de vino y miré a mi alrededor con aire distraído para intentar dar por zanjada la conversación. Observando a la gente reparé en que todos parecían muy felices. Mi dolor de entrañas y yo desentonábamos bastante en aquella fiesta.

    De pronto tuve ganas de salir corriendo de allí. La triste realidad me cayó encima como un jarro de agua fría: hacía ya mucho que yo no encajaba en ninguna parte.

    3

    Terminamos los postres. Bajaron las luces y empezó a sonar música pop: había llegado la hora de las copas. Entonces ocurrió algo curioso: todos los hombres sin excepción se levantaron y se fueron a pedir cubatas a la barra en el otro extremo del local. Las mujeres se agruparon alrededor de unas pocas mesas y se quedaron sentadas mientras los niños correteaban de un lado a otro. La estancia había quedado polarizada por completo; hombres y mujeres parecían repelerse.

    Me acerqué a la barra con Luis y Marcos. Pedimos unos gintonics a la camarera, una chiquilla que no podía tener más de veinte años. La niña se giró a buscar nuestras copas. Marcos le clavó la mirada en el culo, me dio un codazo y se puso a resoplar. Luis tenía la mirada fija en el mismo sitio. A la pobre chiquilla le tenían que estar ardiendo las bragas.

    -Eso tiene que follar de maravilla –dijo Marcos, babeando.

    -Buf –apuntó Luis.

    Por un momento me recordaron a mi perro cuando mira fijamente mi plato de comida suplicando una limosna. Así estaban Luis y Marcos: la mirada fija, la lengua colgando y el capullo fuera. Un poema, vaya. En pareja será como mejor se está, pero a mi me daba la impresión de que yo iba mejor follado que ellos dos.

    La camarera nos sirvió los tres cubatas. Luis dijo “gracias, guapa…” y se quedó mirándola con una sonrisa, como esperando una respuesta. Marcos le dio las gracias y le dijo algo parecido a que los cubatas cuando los sirven mujeres guapas saben mejor. Yo me encogí de hombros, cogí mi copa y me fui a dar una vuelta, avergonzado.

    Anduve un rato por entre la gente y sus conversaciones, dando largos tragos a mi gintonic.

    -…más de cinco kilitos le saco yo al chalet en tres meses…

    -Ese chaval corre la banda muy bien, pero luego nunca sabe a quién pasarle el balón.

    -…y te aseguran la recompra por contrato, así que los beneficios están siempre garantizados…

    -¡Esos lo único que quieren es fumar porros y no pegar palo!

    -Desde luego que vivir de alquiler es tirar el dinero.

    -Esa niña tiene un chorro de voz.

    -¡No hombre, eso te lo pongo yo en pladur!

    Casi todo me parecía erróneo o irrelevante; nunca nada captaba mi atención. Era como hacer zapping entre cincuenta canales y no encontrar más que anuncios. Empecé a sentirme angustiado. Hacía algunos años habíamos sido un grupo de chavales cada uno de su padre y de su madre, con sus peculiaridades, sus virtudes y sus defectos. Nos aceptábamos los unos a los otros y nos divertíamos juntos. Pero con el paso del tiempo las particularidades habían ido desapareciendo. Me daba la impresión de que todos los demás se habían ido convirtiendo en la misma persona; ladrillos idénticos que formaban un muro bastante compacto. Para encajar en el grupo yo tenía que convertirme en un ladrillo más. La otra opción que me quedaba era estrellarme contra el muro una y otra vez.

    Volví a la barra a pedir otro cubata. Dejé al primo relatando la innumerables virtudes del pladur; casi parecía que lo hubiese inventado él. Hablaba de la modesta empresita en la que trabajaba, que a duras penas le daba para pagar la hipoteca, como si de un gran imperio se tratase. Dale a un hombre una escoba y tendrás un humilde barrendero; dale además un móvil y una corbata y tendrás un asistente técnico regional de operaciones estratégicas de barrido dispuesto a darte la brasa con los pormenores de su apasionante trabajo. Definitivamente somos una generación de gilipollas, pensé, y me bebí el cubata de un trago.

    4

    Muchas copas después yo seguía deambulando sin rumbo por entre la gente. El personal se había convertido en una especie de monstruo informe de cien caras que reptaba por el local y amenazaba con devorarme. No me encontraba bien; había vuelto a pasar sin darme cuenta de insuficientemente borracho a demasiado borracho. El monstruo informe empezó a moverse de forma espasmódica gritando que tenía un tractor amarillo.

    Al poco empezó a sonar una balada horriblemente cursi, y muchas parejas se juntaron para bailar. La escena, lejos de resultarme enternecedora, me hizo sentir aún peor. Hombres y mujeres habían permanecido la mayor parte del tiempo lo más lejos posible unos de otros y ahora se juntaban por imperativo social. Un cantante relataba las maravillas del amor y ellos simplemente no querían ser menos. Nosotros también tenemos amor, hijos, dinero, ¡y un tractor amarillo!

    Contemplándoles ahí tan acaramelados no pude dejar de recordar las múltiples historias de crisis y cuernos que habían acontecido en años anteriores. “Son cosas del amor”, decían. Normalmente les duraba el amor hasta que aparecía algún agente externo con forma de culo. Entonces venían los “ya no sé lo que siento”, “ya no es lo que era”, “vamos a darnos un tiempo”. Luego, por arte de magia, el amor reaparecía tan pronto como el culo desaparecía, y llegaban los “me he dado cuenta de que nunca dejé de quererte”, “yo sin ti no soy nada”, y hasta el próximo culo. Al parecer, el amor verdadero atraviesa fases en las que ni es amor ni es nada. Yo no lo entendía, me parecía una contradicción. Como si un chino asegurara ser negro y al hacerle ver que es amarillo y tiene los ojos rasgados, argumentara “es lo que tiene ser negro verdadero, que de vez en cuando te pones chino”.

    De pronto casarse se me antojó una horterada. Pensé en no casarme jamás únicamente para no parecerme a ellos, con sus anillos y sus llaves del coche y sus lenguas babosas y sus cuernos y sus apestosas racionalizaciones. Decidí ir a mear antes de hacer ninguna tontería. Estaba muy borracho y me estaban entrando unas ganas irresistibles de subirme a una mesa a gritar: ¡Sois todos unos putos farsantes, unos exhibicionistas hipócritas, unos puteros y unos cornudos! ¡Nadáis y guardáis la ropa, os pasáis la puta vida en misa y repicando! ¿Por qué no tenéis cojones de quitaros las caretas? ¡Estoy ya hasta los mismos cojones de vuestro acoso y derribo! ¡Estoy hasta las narices de que vayáis por la vida predicando vuestra religión de culto a vosotros mismos! ¡Estoy harto de que os adueñéis de todo concepto valioso y lo desvirtuéis y lo ensuciéis y lo convirtáis en una farsa y en una exhibición de mal gusto!

    Entré al servicio, me acerqué a uno de los urinarios y apoyé las manos en la pared. Respiré hondo; todo me daba vueltas. Se abrió la puerta y entró el primo de Ramón, que se puso a mear a mi derecha.

    -Bueno, ¿qué te está pareciendo mi boda? –me preguntó.

    -Pues… -empecé a decir, y entonces vomité generosamente sobre el urinario.

    Vomité durante treinta largos segundos. Luego tosí un poco. El primo me miraba atónito. Por un instante pensé en dejar aquello como única respuesta a su pregunta, pero cambié de idea.

    -Una boda de trago largo, con cuerpo algo hipócrita y bastantes notas de pladur. El retrogusto un poco amargo -concluí.

    El primo no dijo ni media palabra. Me di la vuelta y salí del servicio. Atravesé el restaurante sin mirar a nadie y salí del hotel por la puerta principal. Necesitaba aire fresco.

    Atravesé los jardines y crucé la carretera. La noche olía a humedad. Respiré hondo e intenté relajarme. Otra vez había hecho el imbécil.

    5

    Paseé sin rumbo y a los pocos minutos llegué a un pequeño precipicio, de apenas un par de metros. Al fondo pude distinguir las vías del tren, levemente iluminadas, bordeando la colina. Eché un vistazo a mi alrededor. Estaba oscuro. Sobre la colina había quedado el hotel donde la gente se divertía mientras yo paseaba solo en la oscuridad.

    ¿Por qué no podía ser simplemente uno más? ¿Por qué no me estaba permitido ser yo mismo en compañía de otras personas? Habría dado lo que fuera por poder hablar con total libertad, aunque fuese durante 24 horas. Decir simplemente lo que pensaba, sin censurarme, sin tener que fingir. Dejarme llevar, ser yo. Pero la cosa es que ya no me acordaba de quién era yo.

    El hotel en la cima de la hipocresía, o la oscura soledad. No había más opciones. Más allá, el abismo. Estaba atrapado entre la negación y la nada. ¿Dónde estaba la afirmación? No podía más, estaba agotado. Había pasado demasiado tiempo defendiéndome de las cosas que detestaba. Al final había conseguido olvidar qué cosas valían la pena. ¿O quizás no debería detestar nada de aquello? Quizás ese era el problema. A lo mejor yo no era más que un infeliz con la cabeza llena de pájaros, incapaz de disfrutar de la única vida que teníamos.

    Pasé largo tiempo con la vista perdida en el horizonte, hasta que una lucecita captó mi atención. Surcaba la nada oscura y se dirigía hacia mí muy despacio. La luz iba acompañada de un leve rumor, grave y rítmico, como el latido de un corazón tranquilo. Me quedé mirándola hipnotizado. Era un tren nocturno.

    Fijar mi atención me sacó del mar de la depresión alcohólica y me trajo de vuelta a tierra firme. El tren se me iba acercando. El suelo empezó a vibrar bajo mis pies.

    Uno está condenado a surcar la vía temporal que une el nacimiento con la muerte, y nada puede hacerse al respecto. No se puede volver atrás, no se puede parar el inexorable tren del tiempo. Pero a lo largo del camino hay repartidos unos cuantos instantes especiales. Son instantes fugaces en que el tiempo parece detenerse. Son silenciosas estaciones intermedias, donde quizás se nos permita cambiar de vía. Estaciones solitarias conectadas con otras estaciones, con todas las demás estaciones. Instantes especiales en los que algunas personas se apean (quizás para siempre) de nuestras vidas, y otras se suben a ellas. Son momentos en los que uno sigue de viaje a su destino, pero puede bajar del tren a estirar las piernas y respirar aire puro. Momentos en los que uno en realidad no está en ninguna parte, pero está conectado con todos los lugares. Estaciones desconocidas donde uno, si está lo suficientemente loco, puede cambiar de tren y aventurarse en parajes nunca visitados. Cambiar de vía. Cambiar de vida.

    Justo cuando el tren nocturno pasó a toda velocidad por las vías a mis pies, la fuerte sacudida me hizo caer en uno de esos instantes. El tiempo se detuvo; el tren pareció pararse frente a mí. Ante mis ojos pasaron decenas de personas. Pude distinguirlas a través de las ventanas, observarlas, sentirlas. Algunas dormitaban plácidamente en sus asientos, otras leían bajo la tenue luz de las lámparas de mesa. Algunas charlaban y otras se limitaban a permanecer abrazadas. En uno de los vagones pude distinguir a una jovencita rodeada de asientos vacíos. Escuchaba música en sus auriculares y miraba por la ventana. Me pareció que su mirada se cruzaba con la mía. Por alguna razón mi corazón empezó a latir más deprisa. Fue como si mi verdadero yo, ese que al que había perdido la pista hacía tanto tiempo, me enviase una señal desde lo más profundo de mi ser.

    Mi verdadero yo no estaba donde quería estar; mi verdadero yo quería subir a ese tren. Sabía que en algún punto nos habíamos equivocado de vía y sufría por ello. Quizás mi sueño del día anterior fuese un espejismo, un reflejo de mi verdadero destino, una proyección de mis deseos en el horizonte.

    Terminó de pasar el tren y se llevó a todas esas personas que acababan de atravesar mi vida. El tren dejó una estela interrogante. ¿Quiénes eran aquellas personas? ¿A dónde se dirigían? ¿Cómo serían sus vidas? ¿Serían felices? ¿Les esperaría el amor en sus destinos?

    Volví a quedarme solo en la oscuridad, pero ya no me sentía atrapado. Aún podía escuchar el rítmico latido del tren que se alejaba. Hay vida más allá de la oscuridad, parecía querer decir aquel sonido. Me quedé mirando las vías que se adentraban en el abismo, y comprendí que había llegado el momento. Tenía que irme.

    El tren de mi vida acababa de detenerse en una estación solitaria y triste. Era el momento de bajarse, estirar las piernas, respirar hondo y aventurarse a coger otro tren. Cualquier tren. Quizás, con un poco de suerte, las nuevas vías me llevasen a mi verdadero destino. A la estación perdida donde quizás me estuviese esperando el amor verdadero.

    Estaba decidido. Me iba. Lejos. A donde fuese, no importaba. Dirigí una mirada rápida al hotel sobre la colina. En breve todo aquello no iba a ser más que un recuerdo. Adiós a Ramón y a su primo, a Maite, a Marcos y Marta, a Luis y Diana, a todos los demás. Adiós a las tardes de domingo en el pub. Adiós a la vida que había vivido durante quince años. Adiós.

    Me asaltaron unas irresistibles ganas de llorar, pero no hizo falta: en ese momento empezó a llover. El verano había acabado.

    Alfredo de Hoces, Tren a la estación perdida (ilustración de Marta Altieri)

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