Embrujo en la nieve
Columna publicada en el diario El Avance
de la Axarquía en Agosto de 2008
Era medianoche y llovía sobre Estocolmo. El tren acababa de ponerse en marcha y aún se movía lento. Estábamos cansados, había sido un día muy largo. Habíamos volado de Dublín a Amsterdam, de ahí a Estocolmo, y todavía nos quedaban seis horas de tren hasta llegar a Östersund. Contemplábamos la noche desde la ventana y recordábamos años pasados. Hablábamos de cómo las circunstancias habían acabado llevándonos a todos lejos de casa. Ya no éramos un grupo de amigos que repartían pizzas, daban clases particulares o ponían copas para costearse las carreras; habíamos partido en busca de futuro y ahora éramos informáticos en Irlanda, telecos en Suecia, biólogos en USA. Lejos quedaban ya esas soleadas tardes malagueñas con música de vencejos, esas rondas nocturnas por los callejones del centro, el mirar arriba y ver la Alcazaba, con su romántica luz del pasado, haciendo mora nuestra luna y brujas nuestras noches. Ahora todos vivíamos lejos y para tomar unas cervezas juntos teníamos que pedir vacaciones y coger dos aviones y un tren.
Emilio había sido el último en partir. Hacía mucho que tenía el amor en Suecia y todos sabíamos que tarde o temprano daría el salto. Terminó la carrera, preparó una maleta con algo de ropa, unos cuantos libros y casi treinta años de recuerdos, y se llevó sus ilusiones a una pequeña ciudad sueca a mitad de camino entre Málaga y el Polo Norte.
Abrí los ojos a las seis de la mañana y creí estar aún soñando. Una tenue luz azulada teñía de paz el interior del vagón; la gente dormitaba en sus asientos mecidos por el monótono vaivén del tren. Miré por la ventana: un océano de nieve y pinos se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Detrás del horizonte el sol despuntaba sus primeros rayos, que a veces conseguían colarse entre los árboles y acariciarme la cara haciéndome entornar los ojos. Parecía que hubiésemos llegado a la silenciosa cima del mundo, donde todo es blanco y puro y bañado en oro. Me quedé largo rato contemplando el paisaje con una sonrisa de gratitud; eterna gratitud a la madre naturaleza por derrochar belleza. En eso el tren empezó a aminorar la marcha. Estábamos llegando a Östersund.
Nos forramos de ropa, nos calzamos las botas y nos apeamos del tren. Emilio nos esperaba en la estación con su perpetua sonrisa y sus incombustibles ganas de vivir. No hacía falta preguntarle cómo estaba: derrochaba felicidad, como siempre. Nos encaminamos a su apartamento. Las casas, las calles, los jardines, los bosques… todo estaba cubierto por un apacible manto blanco. El aire frío purificaba mis entrañas. Yo miraba a mi alrededor con ojos de asombro, como un niño que descubre el mundo por primera vez. Eché a correr y me arrojé a la nieve. Quedé tumbado boca arriba, mirando al cielo, con los brazos abiertos. Quería fundirme con aquel tranquilo paraíso helado.
La pequeña ciudad de Östersund es como el pueblecito de cuento donde nunca muere la inocencia ni se apagan las chimeneas. Las casas, los árboles, todo allí es madera bañada de blanco; caprichosas figuras de hielo azul decoran las cunetas. La tarde es oscura y los escaparates derraman su luz dorada sobre las aceras. Se diría que allí siempre es Navidad. Los niños juegan en la nieve, con sus guantes y sus orejeras y sus gruesos abrigos de plumas. Las abuelas se sientan junto al fuego y se entretienen mirando por la ventana, contando las ardillas que se corretean por el jardín. Los jóvenes pasean sus idilios por el lago y cuando cae la noche vuelven a sus apartamentos enmoquetados y cenan con luz suave y música romántica.
Cinco días estuvimos disfrutando del sosegado estilo de vida de aquel lugar donde todo era orden y respeto. Paseamos en silencio por el bosque una mañana azul oscura y luego tomamos té y pasteles en una cafetería con velas en las mesas. Cruzamos a pie el lago helado para llegar a una colina donde pasamos la tarde entera deslizándonos una y otra vez en pequeños artilugios de plástico. Nos fuimos de excursión a la montaña y nos metimos en una cueva de hielo verde que se había formado bajo una cascada. Visitamos una fábrica de chocolate, luego fuimos a un hotel donde nos bañamos en una piscina al aire libre y corrimos en bañador por la nieve para asombro de los civilizados suecos. Bebimos en bares llenos de vida a los que llegamos por oscuras calles mojadas y solitarias. Nuestras risas parecían ser las de siempre, pero me daba la impresión de que el último instante de nuestras sonrisas siempre tenía una capa casi imperceptible de amargura. No pude evitar plantearme si ahora que había cambiado todo también habíamos cambiado nosotros. ¿Nos habrían pasado la factura el tiempo y la distancia? ¿Seguíamos siendo los mismos, o nos habíamos dejado pedazos del alma por el camino? ¿Qué precio habíamos pagado por nuestro futuro? Pensé en la posibilidad de volver a donde siempre y no sentirlo como siempre, y por un momento sentí pánico. ¿Y si nuestra tierra ya no era la que era? ¿Y si ya no podíamos volver nunca al mismo lugar? ¿Y si estábamos perdidos en el tiempo?
De todo ello hablábamos la última noche en el apartamento. Afuera hacía cinco bajo cero. La luz de una solitaria farola plantada en la nieve apenas alcanzaba a atravesar la densa niebla. Tras las ventanas la noche negra congelaba el aire; dentro de casa una pequeña radio pintaba de nostalgia el vacío. Por algún motivo la música suena mejor en el frío. Las notas suenan puras, cristalinas, resplandecen como rayos de sol despuntando en el hielo. Y allí estábamos nosotros, tres malagueños, vaciando cerveza tras cerveza y escuchando a Serrat y Sabina. Emilio rememoraba como, estando en la playa la tarde antes de coger su vuelo sin retorno, a la hora de volver a casa él volvía a tirarse al agua una y otra vez porque no quería que ninguna vez fuese la última. Antonio recordaba que después de aquellos largos días de duro trabajo le bastaba media hora corriendo descalzo por la arena, respirando hondo el aire del mar, para recuperar las fuerzas y la sonrisa. Yo me acordé de esos últimos metros en el aeropuerto antes de cruzar el control de seguridad. Me abracé con mis padres y mi hermana. A mi madre se le quebró un poco la voz al decirme adiós, y yo cerré los ojos, me di la vuelta y me fui sin mirar atrás porque sabía que si la veía llorar no sería capaz de coger ese avión. Sí, a todos nos dolía la distancia.
Entonces Serrat y Sabina se arrancaron por rumba. Cuatro acordes, un golpe sordo a la guitarra, y a mi se me escapó un ole que me salió del alma. No pudimos ni quisimos evitarlo. Dejamos de hablar y nos unimos a la música. Redoblamos las palmas, marcamos el son golpeando entre nuestras piernas la madera de las sillas. Reímos y jaleamos. No estábamos muertos, no, estábamos de parranda. Acabó la rumba y seguimos la fiesta. Sacamos más cervezas y pusimos más canciones. Yo quiero encontrar la felicidad y olvidar el olvido, nos cantaba Muchachito, que estaba perdío. Sé de un lugar donde brotan las flores para ti, donde el río y el monte se aman, donde el niño que nace es feliz, lloraba la voz triste y profunda de Triana. Nosotros también sabíamos de ese lugar. Paco de Lucía nos llenó de magia por bulerías; las sentidas notas de su guitarra nos devolvieron el eco de la Alcazaba, el embrujo, el misterio. Afuera hacía frío, pero a nosotros nos calentaba la sangre mora y gitana forjada en la hoguera del tiempo, entre los muros de piedra de silenciosos palacios, en patios de naranjos bañados de luna, en caminos de polvo y arena, en sórdidas tabernas de madera húmeda de vino. Sangre de hombres y mujeres que han amado la tierra con pasión, que han bailado sin miedo ni pudor la danza de la vida. Sangre misteriosa y noble, caliente y amarga.
A la luz de la música pudimos ver por un instante nuestro futuro. El regreso, el reencuentro, los brazos abiertos de la familia que nunca nos sintió lejos. Seremos maridos, seremos padres. Viviremos cerca del mar y cenaremos juntos a la luz de un farol. Nos esperan largas noches de pasión y vino. Y seguiremos siendo los de siempre, porque al duende no lo matan los siglos, ni la distancia, ni la nieve.








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