Hotel Furlton

(Capítulo X de Tren a la Estación Perdida, a la venta en Amazon)

Me despertó un ruido inusual: estaba sonando mi teléfono.

—¿Hola? —mi voz ronca evidenciaba el abuso de pintas de cerveza de la noche anterior.

—Buenos días. ¿Hablo con Alfred?

—Sí, soy yo.

—Hola, Alfred. Me llamo Clodagh O’Connor. Te llamo del Hotel Furlton. Reme nos ha hecho llegar tu curriculum.

—Eh… Sí, sí.

—¿Estarías interesado en hacer una entrevista con nosotros para el puesto de cajero del restaurante?

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Villa Redonda

Nadie recordaba ya por qué la aldea tenía aquella forma tan peculiar: una gran plaza circular rodeada por varias hileras concéntricas de pequeñas casas blancas todas iguales, sin caminos ni senderos, ni líneas rectas ni ángulos ni divisiones. Solo la plaza redonda y los círculos de casas. En la aldea se trabajaba duro pero la vida siempre había transcurrido en armonía y sin grandes sobresaltos. La gente terminaba su jornada en el campo y se sentaba en la puerta de casa a ver ponerse el sol tras la montaña; luego la aldea se dormía y al día siguiente todo volvía a empezar. Pero el último invierno había sido escaso en lluvias y se habían arruinado muchas cosechas, así que la gente no andaba de muy buen humor. El presente era duro y el futuro incierto. A todas horas se mascaba la tensión en el ambiente.

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2015, una odisea vecinal

Las rotondas y las juntas de vecinos son los dos lugares donde mis esperanzas en la humanidad van a morir. Las rotondas porque se rigen por unas normas bastante sencillas diseñadas para evitar problemas, pero la gente, o bien las desconoce, o bien directamente se las pasa por el forro, y además los más ignorantes e irrespetuosos son precisamente los que montan el pollo en caso del más mínimo conflicto. Las juntas de vecinos por exactamente el mismo motivo

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Usted no sabe quién soy yo

Mi primer empleo serio, valga el oxímoron, fue de agente de handling para una gran compañía aérea en el aeropuerto de Málaga. Entré allí con veinte años siendo un joven sociable y jovial y salí cinco años después convertido en un misántropo incurable que sabía decir “fumador o no fumador« y “ventana o pasillo” en catorce idiomas y que soñaba con un empleo de informático en un iglú en la Antártida.

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Siente mi magnetismo

Media vida deslomado trabajando; muchos años expatriado pasando frío y penurias para poder volver a mi tierra y tener un empleo medio decente, unos metros cuadrados donde caerme muerto y una pequeña barca para de vez en cuando hacerme a la mar y pasar tres o cuatro horas sin escuchar gilipolleces. Por fin, con cuarenta años, muchas canas, una presbicia galopante y una hipoteca que con suerte terminaré de pagar con la pensión de jubilado si es que no se la fuma antes el PP, me hago con una Zodiac. No le pido mucho más a la vida. Sigue leyendo “Siente mi magnetismo”

Todoposes

Cuando atravesó las puertas del establecimiento una melodía electrónica reprodujo las campanadas del Big Ben. Ante él quedó un larguísimo pasillo con docenas de estanterías repletas de pequeñas cajitas de diferentes colores y tamaños. Sobre cada repisa había un cartel que indicaba la categoría: música, cine, pintura, política, arquitectura, deportes, filosofía, y un larguísimo etcétera. Echó un vistazo rápido y sintió algo de vértigo; no sabía ni por donde empezar. Pero tenía que asegurarse de acertar. Tenía que quedar bien en la reunión de antiguos alumnos. Sigue leyendo “Todoposes”